domingo, 28 de marzo de 2010

El sueño de Esteban Miles.



Por: Miguel Acosta.



La noche volaba lenta… (¡Malditos gatos!)…como un bostezo y los pasos parecían producir… (Seguramente, tomaron un botellón de leche o deshilaron una madeja de hilo para deshacerse de aquellos animales espantosos)…un eco eterno entre los escalones.
Al mirar la mancha en su camisa, Esteban Miles había decidido subir a cambiarse: no quería encontrarse con nadie, mucho menos con aquella mujer que nunca decía nada y que siempre estaba ahí, a la hora del desayuno; pero cuando pasaba por el sexto piso, escuchó que alguien descendía los escalones.
Hubo una pausa.

- ¡Diablos!... (Si ella hubiera estado en mi lugar, sé que habría manejado mejor las cosas, mucho mejor de cómo yo lo hice)…no me habría importado encontrarla.

Los pasos volvieron a romper el silencio, pero esta vez eran rápidos, rápidos y cada vez más rápidos. Huían del sobresalto de otros pasos que acompañaban el compás de un concierto de tambores metálicos, que descendía sobre los oídos de Esteban Miles.
El ritmo de los pasos se tornó errático y confuso, se hizo lento y lleno de largos jadeos y deshojadas palabras que caían sin sentido y ¡bum!, ¡bum!, varias detonaciones con sus destellos poblaron el profundo cilindro de peldaños donde Miles yacía petrificado, esperando el momento justo para huir.

- ¡Dios! - susurró - ¿qué demonios fue eso?

Un silencio prolongado se apoderó de cada rincón. Miles esperó y esperó y cuando se asomó por la baranda para apaciguar su curiosidad, la pesada presencia de un cuerpo, como el aleteo de una mariposa, rozó su cabeza y cayó produciendo un golpe seco en el suelo… otro silencio. Lentamente aquellos pasos se fueron aproximando a donde él se encontraba y ¡bum!, una detonación más, un nuevo silencio prolongado y la fría sensación de la caída acariciando sus mejillas, le hicieron darse cuenta que solamente quedaba esperar…
Su cuerpo se estremeció: el reloj había dado la media noche.
Lo que restaba para que el amanecer mirara sus párpados abiertos, fue una lucha entre las sábanas asfixiantes, el trino de los pájaros tocando la ventana y la luz que se extendía borrando las estrellas. Esteban Miles se levantó… (Pobre gente)…lavó su cara… (nadie sabía que hacer en esos momentos y esos malditos gatos se lo comían todo)…y sus dientes con una paciencia injustificada…(¡Pobre gente!)…Después de buscar una camisa digna… (Aún no me explico por qué tuvo que morir aquella persona)…salió de su cuarto… (o por qué tuvieron que matarla)…y comenzó a bajar las gradas como un sonámbulo… (pero debí suponer que todo era un sueño, porque aquí no hay gradas de metal.)
La luz de la mañana iluminaba el café y ahí estaba ella: Mary. Llevaba un vestido de verano, largo y azul celeste. Su cabello le caía sobre los hombros, como una cascada sobre piedras, y tenía los ojos inmersos en una taza de café.
Esteban Miles se sentó a su lado, pidió una taza de leche caliente y comenzó a hablar.

- Fue horrible… (Tomó su mano)…Mary. Unos gatos gigantescos habían aparecido tomando la ciudad por asalto. Había gente que se encerraba en sus casas, gente que intentaba defenderse con piedras y fuego; y gente, como nosotros, que salíamos a comprar provisiones. Todos corrían pero la mayoría morían de un mordisco. Sólo pocos sobrevivimos… (Mary lloraba sobre su café)…refugiados en un centro comercial.

El cabello le cubría la cara y ella ahogaba los sollozos de su llanto.

- ¿Recordás que nos conocimos en el centro comercial?... (Hizo una pausa)…pues creo que a vos te buscaba, porque los gatos habían encontrado la forma de entrar y no te miraba por ninguna parte. Estaba preocupado. No recordaba si habías entrado o si te habías quedado fuera. Intenté llamarte, grité tu nombre: ¡Mary! ¡Mary! Miré cada uno de los rostros de las personas refugiadas y ¡nada! Pregunté a la gente: una mujer dijo haberte visto entrar a una casa, un niño dijo que los gatos te llevaron en sus garras y te arrojaron al mar. Pero yo sabía que mentían: tú venías detrás de mí, sólo no sé cuando te perdí de vista.

Hubo otra pausa. Mary le dio la espalda y comenzó a mirar por la ventana.

- Estaba desesperado. Me asomé por la ventana y vi venir una multitud de gente, ¡gritaban!, gritaban que les abriéramos, que los dejáramos entrar… (Miles se quedó absorto)…y entonces te vi. Venías corriendo casi desnuda y un gato te pisaba los talones. Me poseyó una ira inenarrable, Mary, y salí corriendo a defenderte con una pica en las manos. Pero llegué muy tarde: un gato del tamaño de un secoya viejo te agarró por la espalda, te suspendió en el cielo y, de un mordisco, te comió la mitad del cuerpo… Lo último que recuerdo es una sensación húmeda en el pecho y luego me desperté. Me puse muy triste. No me gustaría verte morir.

Sobre la taza de Mary, una lágrima cayó en el momento que Esteba Miles le recogía el cabello para sellar sus palabras con un beso. La lágrima produjo una onda en la taza y la taza se comenzó a desvanecer como una duna bajo el encanto del viento. Luego se perdió el cabello de Mary, su hermoso y triste rostro, sus manos que volaban sin poder tocarlo y su cuerpo combinado con el cuerpo de Miles que, poco a poco, comenzaba a desvanecerse.
Cuando todo hubo desaparecido, un destello hirió sus ojos y ahí estaba, tendido entre una multitud de personas.

- ¿En qué estabas pensando, muchacho? – Dijo una mujer exaltada – si no te quitamos de ahí, ese maldito gato te arranca la cabeza de un arañazo y ¡mirá cómo te dejó la camisa toda llena de sangre!… (Entonces Esteban Miles miró su camisa manchada de sangre)… ¿Adónde diablos ibas?... (Miró alrededor de la multitud que lo rodeaba y vio aquellos gatos gigantescos como secoyas viejos.)
- Creo que quería salvar a aquella chica… (Vio sus ojos encendidos como incendios incontenibles)… que acaba de morir de un mordisco… (vio sus garras levantadas como guadañas carmesí sobre los cuerpos desmembrados)...porque salió corriendo y gritando su nombre…(y se dio cuenta que ya no estaba soñando)…