lunes, 13 de julio de 2009

La moneda (*)



por Miguel Ángel Acosta

Lo recuerdo muy bien:
Era casi mediodía y el calor nos venía evaporando las ideas. Felipe sacó su trompo y con la misma seguridad de siempre, lo arrojó a la tierra mientras nosotros lo mirábamos con una atención idiotizada imaginando como nos vería enredándose en el polvo, dando vueltas sobre sí mismo, intentando esquivar las piedras que Julia le lanzaba con una terrible precisión de cazadora.El trompo siempre era nuevo. El papá de Felipe; carpintero vitalicio, construía uno nuevo cada tarde para que al día siguiente sucumbiera ante una piedra que terminaba partiéndolo en mitad…y nosotros, con la barriga al suelo, intentábamos no orinarnos de la risa. Luego nos sentábamos sobre aquel viejo tronco de roble, jugábamos un rato con Cordero y buscábamos delfines en las nubes hasta que se acababa la tarde, junto con las últimas formaciones de color cárdeno.Ese día ella estaba ahí, sentada bajo el techo de la casa vieja. La primera que la vio fue Julia, después todos nos quedamos absortos, viendo como lanzaba un pequeño círculo que siempre volvía a sus manos y cada vez que surcaba el cielo nos cegaba con la autoridad de un solecito. Estábamos como petrificados. Cordero, erizando los dientes, retrocedía con su agresiva actitud de perro flaco. Felipe mantenía su mirada pegada en el sombrero polvoso de la extranjera, Jaime parecía rezarle una larga letanía a Julia; mientras yo, intentando contar las vueltas que daba en el cielo aquel solecito de bolsillo, me fui acercando a ella con la misma cautela con que tomaba las galletas del cuarto de mamá. No sentí miedo; más bien, sentí esa clase de satisfacción que siempre tengo cuando he pescado más que los demás, ese orgullo que el pastor de los domingos nos pintaba con las formas más demoníacas, al compás de un organillo oxidado.El circulito cayó al suelo. Yo avanzaba atraído por aquel sonido; aquel mismo sonido que me recordaba las cadenas de Cordero arrastrándose por el suelo; la punta ferrosa de los trompos de Felipe. Ella me clavó su mirada: una sonrisa cautiva atravesó sus labios delgados y con un gesto me invitó a recoger el objeto. Nunca olvidaré la sensación que se apoderó de mí en ese momento. Una extraña calidez recorrió todo mi cuerpo: el corazón me palpitaba de una manera desgarradora, me ardían las sienes, sentía cada palpitación de mi cuerpo: cada gota de sudor, cada movimiento en mis entrañas. Mis ojos se posaron sobre la mano extendida de la extranjera y de su boca salió una voz terrosa.

-¡Eh!, muchacho, la moneda.

Julia estaba a mi lado, abrió mis manos con una suavidad inusual y con pasos inquietos, se posó frente a la desconocida. Ella le dio una sonrisa casi apagada, se guardó el objeto en uno de sus bolsillos y con la misma parsimonia con que me había increpado por su moneda, se levantó y lentamente se perdió en la oscuridad. Eran casi las siete, la luna tanteaba unas cuantas nubes grisáceas y por momentos quedábamos a oscuras. Sólo sentíamos los ojos de cada uno, interrogándonos; luego Cordero que ladraba y levantaba en los callejones la algarabía de sus compañeros hambrientos. Las luciérnagas siempre aparecían después de las siete. La calle, titilante de estrellitas terrestres, se llenaba, extremo a extremo, de la gente que regresaba a sus casas. El murmullo de la pequeña multitud, se levantaba con el polvo que inundaba los patios: a la mañana siguiente el aroma del café, volaría entrelazado con el polvo doblegado por las escobas. Desde mi ventana las imágenes siempre aparecían como entre un sueño, las gentes caminaban bajo sus sombreros y hacían frígidas reverencias; mi padre llegaba con la cara pensativa. Esa noche la multitud se paseaba más silenciosa; todo mundo parecía hablarse en susurros; muchas personas ni se miraban a los ojos. Mi padre colgó su chaleco en la pared y empezó a caminar con las manos en los bolsillos.

-Ha pasado algo impresionante, horroroso, inaudito. - Dijo mientras se paseaba por la sala en busca de mi madre. - ¡Sandra! ¡Sandra!, han matado al pastor, ¡le han clavado un cuchillo en la espalda!Mi madre, rezadora de profesión, dejó caer el vaso en que tomaba agua y corrió a encontrarse con mi padre.- ¡Increíble! – seguía diciendo mi padre, con una expresión energúmena en el rostro. – Lo encontramos con las manos ensangrentadas, en medio del parque, aún deliraba y padecía de horrorosos espasmos.

Nos contó que se había topado con una mujer y que le había preguntado si tenía donde dormir. Que ésta le había mostrado un extraño objeto de metal, una m…

-¡Moneda! – me adelanté a decir.

Mi padre me agarró del hombro y me preguntó como sabía yo eso. Le dije lo que nos había sucedido en la tarde, que había tocado con mis propias manos la moneda y que me había sentido muy satisfecho, tan satisfecho que me quise quedar con ella.

-Al pastor le pasó lo mismo; él se guardó la moneda en su sotana y al ver que la extranjera no le decía nada, se volvió sobre sus pasos, luego sintió una punzada muy aguda en su espalda, las piernas le flaquearon y por un momento todo se volvió oscuro. La gente está muy inestable, es posible que busquen a la mujer para colgarla.Por la puerta entraron Felipe y su padre. El carpintero se acercó a mi padre y le dijo algo al oído; mi padre tomó su chaleco y salió dejándonos con las palabras en la boca y las manos sobre el pecho.

Sentí la mano de Julia apretando la mía. Su mirada caía sobre el espectáculo que la multitud había montado, y temblaba de terror.

-No vayas –me dijo y su mano se apretó más a la mía.

Felipe había cedido a mis súplicas y la curiosidad contagió a todos los demás. No todos los días se veía un linchamiento público, y saber que alguien sería ahorcado, nos tenía muy entusiasmados. Cordero olfateaba el suelo en busca de la extranjera: adelante se escuchaban los pasos de la gente, y las murmuraciones dejaban su voz para que nosotros pudiéramos seguirlas de cerca.La calle se había llenado de espectros inseguros, pasábamos al lado de sus manos, sintiendo sus palabras caer sobre nuestras mejillas.

-Es mejor que esperemos –les dije.

Me subí al techo de la casa vieja y desde ahí la sensación era como si el viento me elevara unos centímetros; todo se veía tan pequeño y apagado, los postes de luz alumbraban los movimientos acumulados de la multitud que parecía un hormiguero caminando hacia el cadáver de su presa. Una gota me cayó en la palma de la mano. Todas las linternas apuntaban al parque. Mis compañeros tenían la misma expresión en sus rostros, algo así como si la angustia les derritiera los párpados, o hubieran llegado a un límite de la tristeza donde el silencio compensaba toda palabra. Una gota cayó en mi frente.

-Por fin lloverá –dije para romper el hielo.

Felipe me sonrió y tomó la correa de Cordero. De verdad era extraño que lloviera en pleno verano, y más raro era ver a Felipe con una sonrisa aparentada. (¿Desconfiaría de mí?) Le dí una palmada en el hombro y me adelanté para ver más de cerca lo que sucedía.Mi padre tomaba una posición amenazante enfrente de la extranjera. La multitud, pendiente del redondo ir y volver de la moneda, parecía inmovilizada; esperando una puñalada repentina, o que les cayera un relámpago en la cabeza. Miré a la extrajera (no sé como podía estar tan tranquila, mirando a la gente con la misma indeferencia que a un pedazo de excremento). Las manos de mi padre se movían con un ligero temblor.

-¡Dile que queremos una explicación! –gritó alguien al fondo.-¡Sí! Cumple con tu responsabilidad.
-¡Vamos!Los ojos de la extranjera se posaron sobre mí y una sonrisa lenta salió de sus labios.

Tuve un impulso de correr hacía ella, pero Julia me tenía agarrado de la mano. ¿Será que adivinaba mi plan? ¿Sentía mi excitación? (Tenía que conseguirla, arrebatársela de las manos y salir corriendo mientras todos los hombres del pueblo le caían encima, la destrozaban a golpes y la colgaban en algún poste…)

-No vayas –me dijo, y su mano se apretó más a la mía.

De golpe se me cortaron todos los pensamientos, ya no sentía más que el calor de la mirada de Julia.Mi padre se adelantó un paso, los demás hombres lo siguieron.

-¡Vamos!, dile que se entregue.
-¡Carajo!, maten a la maldita y quítenle esa mierda.

Todos los hombres se adelantaron donde estaba la extranjera; mi padre los intentó calmar con un disparo al aire, pero un hombre lo derribó de un golpe. Los hombres que apoyaban a mi padre lo levantaron y entre ellos y los otros se armó una trifulca. La moneda seguía girando en el aire, volvía a las manos de la extranjera y de un momento a otro, me logré escapar de la mano de Julia.La sonoridad de los golpes me chocaba en las orejas, a mi derecha sonó un disparo (probablemente de mi padre) y un hombre dio un grito hiriente.La extranjera me tendió la mano, me enseñaba la moneda en todo su resplandor, me la entregaba. Con su mirada me invitaba a tomarla y mis piernas flaqueaban.

-Vamos niño, tómala –me decía sin mover los labios-, tómala, es tuya.

Me acerqué y se la arrebaté de un golpe, mis amigos corrían a encontrarse conmigo y al ver aquella escena se quedaron petrificados: sobre mí, se levantaba aquella mujer empuñando una gran cuchilla, dispuesta a atravesarme los pulmones. Corrí alrededor de ella entre la multitud de hombre que habían detenido su batalla y asombrados veían a aquella deidad con los cabellos ondulando bajo el resplandor de la luna. Tenía el rostro oscuro y amargo, la mirada seductora de una serpiente. Aquella extranjera me insultaba, lanzando sus cuchilladas que casi rozaban mis hombros.Los pasos cada vez se me hacían más cortos y tambaleantes, estaba cansado, daba vueltas en círculos y sentía que el corazón se me escapaba por la boca.Un hombre yacía muerto en el suelo y tropecé…Julia me seguía y me gritaba algo incomprensible, creo que decía…¡la moneda!…¡dale la moneda!… ¿la moneda? No. ¡Era mía! Para eso había ido a ese patíbulo, para arrebatarle lo que era mío. Dí una patada en el rostro de la extranjera.

¡La moneda! ¡La moneda! –gritaban todos.

La extranjera agitaba su daga frente a mí, cortando el aire y lanzando sus gritos de guerrera. Yo daba vueltas, (imaginaba el trompo de Felipe, dando vueltas. Tan limpio y oloroso en su pañuelo nuevo), miraba al hombre que yacía muerto, tan rígido y con una expresión de sorpresa en su rostro. Miraba a la gente que estaba como muerta: absurdos y congelados, esperando a que yo muriera, que yo soltara mi solecito de bolsillo para que ellos, rapaces pordioseros, se pudieran quedar con él. De momento quedé acorralado.Pocos centímetros faltaron para que el cuchillo me atravesara el corazón, pero; como un destello que llenó de humo el cráneo de la extranjera, una bala de mi padre rompió con el silencio de la escena. Las gentes con sus rostros en blanco y negro, aparecían llenas de expresiones; las manos se posaban en las bocas y algunos ojos, abiertos de par en par, repelían la escena con una mirada desgarradora. Todo semejaba un desliz del tiempo, los movimientos se fueron haciendo más lentos, las voces llegaban a mis oídos como ecos perdidos. De pronto una calidez de color rojo me bañó el rostro. Los murmullos, los rostros, las miradas; todo volvió de una forma acelerada; escuchaba los pasos como un sonoro reflejo de la lluvia; la lluvia que comenzaba a romper la armonía de la tierra, la voz de mi padre, que me recogía del suelo con la mirada contraída.

No volví la cabeza. Mi padre avanzaba por entre las personas con una mano en la frente. Sabía que pronto llegaría la multitud con sus cuerdas, a condenarlo. No volví la cabeza:Un sueño profundo comenzó a engordarme los parpados, ahora me sentía seguro, me miraba jugueteando con la moneda entre mis manos, haciéndola rodar en el cielo, viéndola caer con su resplandor de solecito mientras Julia y Felipe jugaban al trompo con la misma expresión en el rostro, con las mismas risotadas de siempre.

No volví la cabeza…

(*) Cuento publicado en Diario La Tribuna, ver aquí