domingo, 1 de agosto de 2010

Jaime Fontana




Por: Luis David Reyes


Hoy he comenzado un nuevo proyecto (siguiendo el ideal del “Proyecto Gutenberg”) que consistirá en subir al “blog de la carrera de letras” la poesía de grandes escritores hondureños cuya obra es muy difícil de conseguir debido a lo escaso de sus publicaciones (y reediciones); este proyecto tendrá el doble propósito de rescatar de alguna manera la obra del poeta y por el otro lado hacer accesible su obra, facilitando de esta forma posibles estudios futuros. Espero otros compañeros de la carrera se unan al “apostolado” y puedan hacer colaboraciones similares. En esta primera colaboración quisiera comenzar con la obra de Víctor Castañeda.


Victor Eugenio Castañeda, mejor conocido como Jaime Fontana, nació en el pequeño pueblo de Tutule, La Paz, el 13 de abril de 1922 y murió cincuenta años después en Tegucigalpa el 26 de Junio. Obtuvo en 1943 el primer premio en el Concurso Científico Morazánico y en 1947 el primer premio en la rama de poesía de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras con motivo de su centenario. Su único libro Color Naval fue galardonado con el premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores y en 1962 obtuvo el premio Asteriscos de Junín Argentina.


Color Naval


Piloteando su sueño entre la aurora,
Llegó hasta mí con intención naval
[Lactó en la nube, se educó en el viento]
y fue inmigrante de mi soledad.

Oriunda de la ausencia, precedida
por la fluvial prestancia de su voz,
Se detuvo en la arena de mi espera
y me estrechó la mano y la canción.

Antes, sin que llegara, supe de ella
como supe del aire y de la sal:
¡Ya conspiraba, suelta entre mis venas,
su presencia de alondra intemporal!

Tutora de luciérnagas y frutos,
aroma y trino en actitud visual,
tertulia de metales en la risa
y la mirada de color naval.

Y sus labios hurtando a la palabra
algún raro sabor sin estrenar
y ese sabor inédito en su canto
y el canto en plena posición solar.

Ella es así. Y anarquizó mis venas
para imponer y vertebrar mi afán.
¡Tiene el deber agrario de las lluvias:
Las lluvias alimentan y se van!

Fundando golondrinas en mí sueño,
inaugurando nervios en mi voz,
estuvo en mí, fugaz. Entre la noche,
piloteando su sueño se alejó.

¡Nadie ose atarla! Emigra hacia la ausencia.
Siempre nuevas ausencias la urgirán:
¡Ya está en el patrimonio de los vientos
Su incorregible vocación naval!


Canción Marina en El Pinar

Te conocí en el vértice nervioso de una ola,
en la frontera móvil entre el ave y la sal,
entre el astro y el pez. Estabas sola,
centrando la ondulante soledad.
Estabas a media agua, a medio día,
a media nube, a medio caracol.
Abril andaba por la sangre. Ardía
a media primavera el corazón.
¡Qué ruda tiranía
ejercitaba el sol sobre la arena,
sobre tu piel y sobre mi ansiedad!
Contra los bravos músculos de día
—por saborear tu pubertad morena—
luchaban los instintos famélicos del mar.
Tus senos, a media alga, a media brisa,
eran proas gemelas a medio navegar;
al aire: eran tus muslos mordidos por la sal.
Como nacen las olas, como los vendavales,
Entre las olas estalló el amor.
¡Urgencias del paisaje marino! Los rivales
éramos tres: el mar, el sol y yo.
Después…hacia la tarde y hacia los cocoteros
y hacia tus labios llenos de arena y de sabor…
¡Ah, las caricias anchas y densas como esteros
Y la sangre en función de mar y sol!
¡Ah los besos salobres, los besos minerales,
Y el amor con urgentes costumbres de alcatraz!
¡Ah, el amor que se tuesta sobre los litorales
Y los besos piratas, sabrosos como el mal!
Nuestro amor es marino, y hoy viene hasta la tierra,
hasta la arisca entraña del pinar;
hoy me hallas en la giba vegetal de mi sierra
(¡Qué lejos de aquel sol y de aquel mar!)
Y los labios se buscan… Mas… espera… ¡Tu risa
ya no es como el oleaje ni como el vendaval,
ya no sabe enredarse como alga tu caricia,
ya tus besos perdieron su sabor mineral!
Aquí el amor es arroyuelo y trino,
y clorofila y miel,
y trepa a los peñascos como el pino
y tiene olor a fruto montañés.
Aquí el amor se nutre de gredas y resinas
Y es hermano del lirio y del panal.
Los besos son como esas abejas inquilinas
de los robles eternos. Como orquídea y Zorzal…
Pero…ése es otro amor. El tuyo es extranjero
en la sierra. No vive sin ola y caracol,
sin sus besos salobres, sus besos marineros,
sin la sangre en función de mar y sol.
Este sol es muy frío
Para un amor que tiene costumbres de alcatraz.
¡El amor es tuyo y mío
No puede aclimatarse en el pinar!
Te digo adiós. No vive néctar y resinas
el amor que es oriundo del alga y de la sal.
¡Cómo quieres que viva si las aves marinas
caen muertas el día que se alejan del mar!





Alfonsina Fluvial


Sobre esta roca lo esperó. Lo amaba
desde la agreste edad del manantial.
Cada uno de sus nervios era un pequeño rio
y un río no conoce más que este sueño: el mar.

Amor… ¡Y qué menudos los hombres! Si merece
La estatura de un dio para su afán.
Madura ya el minuto para entregarse blanca
al fabuloso macho intemporal.

El toro-dios ya la olfateó, bramando.
[Amor más ancho que satán]
Ya el toro verde le lamió las plantas
con espuma y con sal.

¡Ya desemboca: el canto, las venas, los cabellos,
se injertan en las algas! ¡Ya la caricia impar!
¡Ya la sangre roja y sangre verde logran
la eterna sangre mineral!

¡Qué cópula brutal, sonora, plena!
¡Qué eva infinita! ¡Qué fecundo adán!
¡Qué matrimonio de pasión hicieron
Alfonsina y el Mar!


Los Caminos Del Mar

Quise ir al mar plenario, al mar que muerde
la carne de la selva, áspera y tibia;
a ese mar cimarrón, primario, fuerte.

[No al mar domesticado de los puertos
ni al prisionero mar de las salinas].

Fuí a preguntarle al río. Sabía que los hombres
olvidaban en el viaje primordial.
[Cuando chico, mi madre me dijo que los ríos
se saben de memoria los caminos del mar].



Viajé hacia los remotos subsuelos de mi sueño
[Mi sangre es nieta de ese mar].
Entre agua y sombra, entre molusco y astro,
busqué la alquimia germinal.

El mar, nocturno y solo, me habló de sus recuerdos:
de la primera clorofilia,
de la primera voz,
Y de aquella sonrisa terrible —la primera—:
la sonrisa del Hombre cuando ha inventado a Dios

El mar me dio el secreto: la herencia de su oleaje
Sigue rigiendo en el olear del grito,
en las melenas de la fiera,
en el verso, en el fruto; en las caderas
como olas de mi amada;
en los naufragios de la idea;
en el sístole y diástole infinitos.


Se río de las menudas hazañas de mis dioses
el mar, con su tremenda carcajada.
El mar que inventó el sexo, las alas, las raíces,
e hizo —a su imagen— la primera lágrima.


Marcela Del Mar


Desde la Patagonia nativa hasta la Islandia de mis mayores… y cortaré tu trópico, fuera de ti, por mar…”
M. de M.

Cuando estoy más solo, más mío, mas hombre,
Muchacha, te vas.
Te vas por las propias aguas de tu nombre,
Marcela del Mar.

Del gran padre móvil de plasma infinito
los dos somos brotes, muchacha total.
Yo le entrego todo: religión y grito.
Llévale estos versos, Marcel de Mar.

Hoy, muchacha ecuestre, tu yegua es la espuma
que los meridianos remonta tenaz,
hacia la primera patria de la bruma,
madre de los dioses, Marcela del Mar.

Hoy, muchacha ecuestre, tu yegua es la espuma
que los meridianos remonta tenaz,
hacia la primera patria de la bruma,
hacia la primera patria de la bruma
madre de los dioses, Marcela del Mar.

(Al Sur, a la infancia y a tu propia nieve
o a mi paralelo de sol ¿Volverás?
La voz no se atreve,
Pero sé que nunca, Marcela del Mar).

Te vas. Cuando cruces la curva frontera
de las estaciones, ya sin niebla austral,
rozarás la orilla de mi primavera,
digo: de mi patria, Marcela del Mar.

A babor, zarpando de mis altos pinos,
con toda la fuerza de mi tempestad,
golpeará un instante sobre tus caminos
un viento, yo mismo, Marcela del Mar.

Rompe entonces estas sílabas. (Honduras
cada vez más lejos con su olor pinar).
pero antes acúnalas, como a la criaturas
que se están muriendo, Marcela del Mar.

Y cuando estén tibios —verso, tinta y hombre—
haz que se reintegren a la vieja sal,
para que navegue, besando tú nombre,
por siglos y mares, Marcela del Mar.





3 Instancias de Marilyn

I
“Cuando surgió de las olas, inmaquillada por creerse incógnita, una turba de curiosos y cazadores de firmas la rodeó delirante… Sólo un hombre, que siguió tirando en la playa murmuró: ¡Pobrecita!”
(De prensa mexicana, 1955)
II
“Su obsesión es un hijo, un niño elaborado en su entraña. Cuando está encinta, camina despacio y abandona todo: cine, tabaco, desvelo, alcohol. Fracasó con tres hombres muy distintos, Parece que la vida no quiere perpetuar su carne”
(De una amiga intima, 1961)
III
“Marilyn Monroe se suicido anoche”
(De la prensa mundial, 1962)


I
La muerte no existía.
¿Dónde una muerte para Marilyn?
¡En Acapulco, pleno mediodía:
trópico, sal y gloria, Marilyn!
Algo lejos, un hombre te veía
y sufrió por tu siglo, Marilyn.
¡Tantos papeles ávidos. Tu mano se caía
y la usabas, sonriendo, porque eras Marilyn!

El varón, solitario en la bahía,
te vió indefensa, Marilyn:
¡Tántos deseos másculos convegiendo en jauría
en tu unitario vientre, Marilyn!

II
¿Dónde estarán ahora los peces que supieron
el sabor de tu cuerpo —un sabor más—
y dónde tus moléculas de piel que se acoplaron
a las roncas moléculas del mar?

Tal vez en estos rayos de pluma que se clavan
en tí, Padre Pacífico, desde el amanecer.
¿Llevará el más oscuro bivaldo alguna célula
que fue del más ansiado molusco de mujer?

Quizás por la gratuita vialidad de la abeja,
del aire o del esférico milagro del cocal,
un negrecillo, un indio pequeño o el que lea
este verso ya te hayan sorbido sin pensar.

Tal vez (para milenios, ya sin “tal vez”). En todo
estarás, en lo muerto y en lo vivo. Tendrá
átomos de tu vientre cada niño del mundo,
del vientre más soñado e incapaz de fundar.

III
Nunca sabrás que un hombre, muy solo, te veía
como a niña bañada, Marilyn:
deseó una toalla blanca (tal vez talco y poesía)
y leche y cuna para Marilyn.

Hoy nada importa, ni hombre ni bahía:
había muerte para Marilyn .
¡Pobre chiquilla trémula, que todo lo tenía
todo en el Mundo, menos: Marilyn!



Al Padre
Asesinado hace 30 años y cuya muerte —en estas 10. 957 noches— jamás visitó mi sueño

I
Sé por qué no te aburres de estar muerto
mientras yo lacto lo vital del día:
Tú vives en mi noche. Se diría
que sólo mueres cuando yo despierto.


No un caso más de amor o de porfía
en recordar. Tu vida es algo cierto;
no he podido soñarte todavía
sin tu caballo o sin fundar un huerto.

Recuerdo apenas: mediodía en punto,
la bala gris, el llanto de mujeres
y mi niñes tronchada en lo más blando.

Tal mi diurna verdad. Pero pregunto:
—después de diez mil noches que no mueres—
¿Quién está muerto y quién está soñando?



II
¿Quién está vivo y quien, en otra esfera,
hace del otro nocturno invento?
¿Y qué sería si por un momento
El turno de vigilia coincidiera?

Si tú me sueñas para que no muera
y si sol y mujer, hijo y aliento
sólo son tu dormido pensamiento…
¡No me animo a pensar lo que me espera!


Siempre aparta tu muerte de mi almohada,
tu noche de mi noche. Y cada día
no olvides inventarme y que despierte.

Porque no quiero aún la descarnada
verdad de este soñarte, que sería
Para los dos la verdadera muerte.



Este Volver a Honduras


Parece que no habrá nada más tierno que este volver a Honduras:
llegar con el amor iluminado por años y distancias,
decir esta es la sierra, este es el aire y este el río del cuento,
recuperar las voces salpicadas de burlas familiares,
reasumir la niñez en el dormido sabor de esta naranja
y en este olor —que es casi de muchacha— de savia y de panales
que sólo dan los árboles autores de nuestro propio canto.

Porque volver a Honduras es ir de madrugada a loa maizales
para espantar los pájaros bisnietos de aquellos que espantamos,
vivir en un mugido, en un relincho, que vienen de la noche,
los sueños, alegrías y peligros de los antiguos campos.

Parece que tendrá mucho de triste nuestro volver a Honduras:
hallar que el calendario no era broma leyendo algunos rostros,
saber que algo no vuelve en estas naves aunque el viajero vuelva
y besar en la frente lo que un día besamos en la boca.
Parece que también será de lágrima este volver a Honduras:
preguntar por hermanos, por amigos que no nos esperaron,
y el horror de buscar una tarde de cal y de cipreses
unos nombres: Julián o Federico, Carlos, Daniel o Marcos.

Parece que será feliz y trémulo nuestro volver a Honduras:
vagar por los caminos que asolearon el verso de la infancia,
llevar hasta una loma coronada de flores amarillas,
de la mano, a los hijos que fundamos sobre lejanas playas
—más allá de las nieves absolutas, de selvas y mares—
Y decirles al fin: esta es la cuna y este el peñón exacto,
esta es la tierra nuestra, la amorosa, la que espera a sus niños,
aquí esparcen su calcio generoso los huesos de mis padres
y el calcio va a la hierba y hace al pino más jubiloso y alto:
así trabajan todavía quienes nos prestaron la sangre.

Todo será feliz y doloroso, será trémulo y tierno
porque volver a Honduras… me parece que es retomar el canto.




***Nota: Próximamente subiré un poemario de Jaime Fontana publicado en Argentina. ***

3 comentarios:

G. Campos dijo...

De Fontana se reían Borges y Bioy, pero esos dos eran un par de pillos.

Muy buen proyecto Luis David. Felicidades!

Cantiles Poético dijo...

Muy buen proyecto David. Le felicito. Creo que debemos comenzar conociendo a los que han hecho y para ello hay que encontrarlos. Desde hace tiempo me preguntaba porque es tan difícil encontrar a nuestros escritores en la web. Pues porque ha habido pocas iniciativas como la suya, lo felicito de verdad y tambien nos gustaría hacer algo con algunos blogs a los que tenemos acceso.
http://circuloliterariocantiles.blogspot.com/ y en http://locuradelasangre.blogspot.com/
Muchas gracias Luis David Reyes.

Fany Castañeda dijo...

Gracias por mantener la memoria de nuestro tio abuelo siempre viva y presente.
Fany Castañeda